En la ciudad, el silencio es la ausencia de algo. En el campo serrano, el silencio tiene textura propia: viento entre el pasto, agua corriendo sobre piedras, pájaros que no reconocés. Es un silencio activo, no vacío.
Vivir en Mirador significa despertarse sin escuchar motores, tener la posibilidad de recorrer cientos de metros sin cruzarse con nadie, y encontrar en el horizonte una referencia más amplia que las paredes de un edificio.